Hay hombres cuya vida parece escrita para atravesar el tiempo. Fray Mamerto Esquiú es uno de ellos. A 200 años de su nacimiento, Catamarca vuelve la mirada hacia aquel fraile franciscano que nació el 11 de mayo de 1826, en Piedra Blanca, y que habría de convertirse en una de las figuras religiosas más respetadas de la Argentina del siglo XIX. Su nombre tiene una historia sencilla y hermosa. Mamerto nació precisamente el día de San Mamerto, obispo de Vienne, y por eso su madre quiso que llevara ese nombre. Se agregó “de la Ascensión”, en referencia a la solemnidad litúrgica de aquel año. Tal vez haya algo de simbólico en aquella coincidencia: el niño que recibió el nombre de un santo terminaría entregando su vida a Dios y alcanzando, muchos años después de su muerte, el reconocimiento de la Iglesia. Desde muy pequeño mostró una inclinación religiosa extraordinaria. A los cinco años comenzó a vestir el hábito franciscano por una promesa de su madre, preocupada por su delicada salud. Aquel hábito, que inicialmente fue una promesa materna, terminaría acompañándolo durante toda su existencia. Ingresó al convento franciscano de Catamarca siendo todavía muy joven, se ordenó sacerdote y pronto comenzó a destacarse por su inteligencia, su formación y, especialmente, por su extraordinaria capacidad como orador. Pero Esquiú no fue solamente un hombre de Iglesia. También fue una figura singular de la Argentina que estaba intentando organizarse como Nación. En 1853, cuando acababa de sancionarse la Constitución Nacional, pronunció en Catamarca su célebre sermón conocido como “Laetamur de gloria vestra”. Allí habló de la nueva Constitución, de la necesidad de la paz, de la unión entre los argentinos y de la obligación de construir una República basada en el orden y el respeto de las leyes. Su intervención fue de tal trascendencia que desde entonces quedó en la memoria nacional como el “Orador de la Constitución”. No fue constituyente, pero su palabra acompañó uno de los momentos fundacionales de la República. Su vida posterior mantuvo esa misma coherencia. Fue educador, periodista, legislador, misionero y finalmente obispo de Córdoba. Sin embargo, nunca abandonó su vocación franciscana ni su deseo de una vida austera y dedicada al servicio. Murió en El Suncho, Catamarca, el 10 de enero de 1883, cuando tenía apenas 56 años. Y entonces comenzó otra historia, casi increíble. Después de su muerte, su corazón fue separado del cuerpo y llevado a Catamarca, donde quedó bajo custodia de los franciscanos. Durante décadas fue venerado como una reliquia y se mantuvo en un estado considerado incorrupto. Pero aquel corazón, que había pertenecido a un hombre que predicó la paz y la fraternidad, tuvo una accidentada historia. En 1990 fue robado por primera vez. El episodio parecía destinado a terminar en misterio, pero el corazón apareció poco después, arrojado sobre el techo del convento. Dieciocho años más tarde, el 22 de enero de 2008, volvió a ser sustraído. Esta vez la historia fue distinta: nunca volvió a aparecer. La reliquia principal se perdió para siempre, aunque la Iglesia conserva una pequeña partícula del corazón de Esquiú. En 2021, en la misma tierra que lo vio nacer, la Iglesia reconoció oficialmente su santidad de vida y Fray Mamerto Esquiú fue beatificado. El papa Francisco celebró públicamente la noticia y lo definió como un “celoso anunciador de la Palabra de Dios para la edificación de la comunidad eclesial y civil”. Doscientos años después de aquel 11 de mayo de 1826, queda una paradoja conmovedora: el corazón físico de Esquiú desapareció, pero su otro corazón, el de su palabra, su fe y su compromiso con la Patria, permanece. Quizás sea esa la mejor manera de recordar a Fray Mamerto Esquiú: como un hombre que hizo de su vida una sola pieza, sin separar la fe de la conducta, la religión de la responsabilidad cívica y el amor a Dios del amor a la Nación. El corazón que guardaba su urna se perdió. El corazón de su legado, en cambio, todavía late.

Juan L. Marcotullio                                

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